Algún lector desprevenido que sin conocer nuestra comunidad leyera los inicios de la Congregación, podría llegar a pensar que ésta no nació por hecho espiritual en si mismo, o de pronto en algún arrobamiento mistico del santo Fundador. Ciertamente, fueron dos los momentos, que por ser sencillos no dejaron de estar llenos de una experiencia espiritual que claramente dejan ver cómo Dios actua a través de sucesos simples y en la cotidianidad de la vida.

Vicente de Paúl, jamás se imagino que en aquel enero de 1917, allí en un rincon de Francia llamado Gannes, cuando acudio a realizar una actividad sencilla como era la de confesar a un moribundo, Dios se valdría de este sacerdote y de muchos otros hechos y personas para iniciar una gran obra para el mundo y para la Iglesia. Años más tarde, es el mismo Vicente quien recuerda el momento:

“Me llamaron un día para que fuera a confesar a un pobre gravemente enfermo, que pasaba por ser el mejor o de los mejores de la aldea. Resultó, sin embargo, estar cargado de pecados, que jamás había tenido el valor de confesar, pues así lo declaró más tarde ante la señora del General de las Galeras. Dijo: “Señora, me hubiera condenado si no hubiera hecho confesión general; tenía pecados graves que jamás me había atrevido a confesar”. Ocurría esto en enero de 1617, en la fiesta de la conversión de san Pablo, o sea, el 25 de ese mes, en que quiso esa dama que predicase en la Iglesia de dicha aldea, Folleville, recomendando a todos la confesión general.

Lo hice así. Les demostré su importancia y utilidad; luego les enseñé el modo de hacerla debidamente y, en atención a la confianza y buena fe de esta dama (pues el número y enormidad de mis faltas hubieran impedido el fruto de semejante acción), Dios bendijo este sermón. Toda aquella buena gente se dejó conmover y venía a hacer confesión general. Seguí instruyéndoles y disponiéndoles a los sacramentos y me puse a escucharlos.

Acudían en tal número, que ya no nos bastábamos otro sacerdote que me ayudaba y yo, por lo que mandó dicha señora recado a los jesuitas de Amiens para que se nos sumaran en la predicación, catequesis y administración de la penitencia.

El éxito obtenido nos alentó a hacer otro tanto a lo largo de varios años en las demás parroquias de la señora de Gondi, quien finalmente decidió sostener a algunos sacerdotes que dieran misiones y puso a nuestra disposición para este fin el colegio de “Bons Enfants” a donde nos trasladamos el P. Portail y yo, junto con un buen sacerdote al que pagábamos cincuenta escudos por año. Los tres salíamos a predicar y dar misiones de aldea en aldea. Al salir dábamos la llave a un vecino o le rogábamos fuese a dormir en nuestra casa. A todo esto yo no tenía sino un solo sermón que modificaba de mil maneras: “El temor de Dios”. Ese era nuestro proceder, pero Dios llevaba a cabo lo que tenía previsto desde siempre y bendecía nuestra labor. Algunos buenos eclesiásticos que lo vieron se nos unieron y pidieron permanecer con nosotros. ¡Oh Salvador, Salvador! Quién hubiera pensado jamás en llegar al punto en que hoy nos hallamos? Si alguien me lo hubiera dicho entonces, hubiera creído que se burlaba de mí, y, sin embargo, era así como Dios quería comenzar lo que estáis viendo”. (SVP XI, 326-327, 669-700).

 

Calendario